sábado, 3 de enero de 2015

Los derechos humanos, a un siglo de la I Guerra Mundial

MSc Daniel Eduardo Rodríguez Franco

Contexto histórico
La tarde del 28 de junio de 1919, gran parte de la humanidad observaba con esperanza como los distintos representantes de los países “Aliados”[1] y por otro lado las “Potencias Centrales[2]”, se reunían en una misma mesa en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles; fotografía ésta, muy poco creíble dentro del imaginario de los pueblos beligerantes; sin embargo, varios factores condujeron a ese hecho histórico que marcaría el fin de la Gran Guerra o Guerra de Europa para concepto de los Americanos.
Ese trascendental cónclave, a la luz de la historia y aún bajo profundas discusiones ideológicas, fue un escenario para demostrar el músculo de las nuevas potencias que resultaban victoriosas de cuatro sangrientos años de guerra[3]; a pesar de ello, y partiendo de la posición psicológica de que los errores son positivos y los hechos acaecidos en el pasado no pueden ser reparados o transformados, sólo constituyen aprendizajes. Se asume que el Tratado de Versalles de 1919, constituyó un tratado de paz necesario para el momento histórico que se vivía, quizás con muchos detractores, especialmente alemanes, pero que contó con el beneplácito de las mayorías.
El Tratado de Versalles, impulsado especialmente por el Presidente estadounidense Thomas Woodrow Wilson, dentro de su política exterior intervencionista y neutral, llevó a la palestra pública la necesidad de crear un organismo cuasi supranacional, que se constituyera en un escenario para deliberar de forma diplomática las diferencias entre naciones y evitar la ocurrencia de una nueva guerra mundial; la propuesta, hecha realidad se cimentó sobre los principios y preceptos expuestos en el Tratado que se firmaba. Lógicamente, el espíritu en su redacción fue la paz, justicia y tranquilidad para todos, de allí cualquier investigador podría hacer una identificación de los orígenes, escritos y teorizados a una escala mundial y de tal alcance, de los derechos humanos.

Formación de la Sociedad de las Naciones
Esa instancia de revisión diplomática mundial, inexistente hasta ese momento (siglo XX), recibió el nombre de la Sociedad de las Naciones, con todo un andamiaje jurídico, organizacional y funcional, que años más tarde daría paso a la hoy Organización de las Naciones Unidas.
La función de la Sociedad de las Naciones, fue establecer las bases y lineamientos esenciales para la paz y la reorganización de las relaciones internacionales, indiscutiblemente destrozadas por la guerra. Para ello debió inspirarse en los preceptos del Tratado de Versalles, que más allá de establecer acaloradas discusiones sobre las arbitrariedades en cuanto a sanciones y expansión de nuevos imperios, ese Tratado registró y visibilizó determinados derechos humanos de forma frontal, haciendo un llamado a la nueva reestructuración mundial en la importancia de garantizar, respetar y vigilar ciertas condiciones básicas aplicadas para todos los humanos.

Los derechos humanos en la primera parte del siglo XX
Temas como la independencia política y compromisos a garantizar y fortalecer la integridad territorial expresada en el Art.10 del Tratado de Versalles, el derecho a la paz y a una vida sin guerras en su Art.11 y especialmente en su Art. 22, cuando expresa que violaciones como la esclavitud, el tráfico de armas, los abusos de poder en cuanto a la libertad de conciencia y de religión o las prácticas de sometimiento y entrenamiento militar a  los indígenas; son muestras de lo que posteriormente identificaremos como el derecho a la autodeterminación de los pueblos, los derechos civiles y políticos y los derechos de poblaciones vulnerables, más recientemente.
Se hace más patente esa postura al revisar el Art. 23, donde se recoge parte de los derechos al trabajo digno, con salarios justo y condiciones de respeto a la integridad humana, resaltando la prohibición del trabajo infantil, las limitaciones del trabajo juvenil y las condiciones de igualdad para el trabajo de la mujer, como también se llama a la cooperación y posición activa de todas las naciones firmantes, en vigilar el cumplimiento de estos derechos en su territorio y se insta a crear organizaciones internacionales especializadas en estos temas.
De igual forma, se plantea el derechos a la salud para todas y todos, compromiso de gran valor para un mundo que se levantaba después de una guerra que dejaba aproximadamente nueve millones de muertos, producto de las acciones bélicas directas y colaterales.

Los derechos humanos en la segunda parte del siglo XX
Si bien es cierto, que los derechos humanos  es tema de todas y todos, sin importar condiciones culturales, religiosas, ideológicas, económicas, sexuales, entre otras; la historia nos ha enseñado que nuestros antecesores han hecho esfuerzos no tan generosos y justos, siempre el factor del poder y la política los han inspirado a limitar, cercenar y ajustar los derechos humanos según criterios etnocentristas, radicales y coyunturales.
Empero, es innegable que los derechos humanos han venido en una evolución y ampliación constante, producto del sacrificio y luchas de las masas, de allí que posterior a la segunda Guerra Mundial acaecida entre 1939-1945, se genera nuevamente un reacomodo de la Sociedad de las Naciones a una organización un poca más justa y equitativa, que todavía en los inicios del siglo XXI enfrenta duras críticas y se ve obligada a dinamizarse y evolucionar para no perecer.
Pasos importantes fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que fue más allá que el Tratado de Versalles que se centró en  colocar mayor preponderancia a las sanciones alemanas que derivarían en la toma de nuevos imperios sobre los caídos; pero se dio un paso, criticable o mejorable. Lo cierto es, que ello forma parte de la evolución, del crecimiento, de la búsqueda de soluciones que se producen, lamentablemente, después de duras crisis como la I y II Guerra Mundial.
 Aún el camino es largo y ancho, los derechos humanos no se han conquistado de forma igual para todos y todas y la sombra de la política y el poder imperial para manejarlos persiste en el planeta azul; no fue, es o será fácil la conquista plena. Pero el siglo XXI vino marcado por la emancipación que ha generado el mundo tecnológico y la era del conocimiento, que despierta cada día a más personas que observan y reconstruyen la concepción de los derechos humanos desde el sur al norte y desde el este al oeste.
Ochenta y seis años después de la primera guerra mundial, con todas las condiciones culturales, de conocimiento, religiosas, entre otras, que nos separan; se concluye que los derechos humanos estuvieron allí, en la idea en el compromiso, en el mundo diplomático, pero no llegaron a los hombres, mujeres, niños, ancianos y enfermos. Justificaciones, quizás puedan existir, pero hoy luego de cruzar la primera década del siglo del conocimiento y la tecnología,  ¿cuánto de esa realidad ha cambiado?, ¿cuánto hemos hecho por hacer los derecho humanos de los humanos?, ¿cuánto se sigue sometiendo a los pueblos del mundo en nombre de los derecho humanos, la sublime arma de la inteligencia política?
Las reflexiones, las experiencias, las luchas, las investigaciones con enfoques distintos, quizás nos acerquen  a una respuesta; es por tal razón, el momento de ir más allá, de ver sobre lo evidente y pensar en las motivaciones de los líderes mundiales, regionales y nacionales, es la hora de la autorevisión y no esperar una crisis, de las que hemos vivido, para hacer justo lo justo y poder acercarnos a una convivencia de paz real, sustentable y sostenible, como lo identificarían los tecnócratas de la era del conocimiento.


FUENTES
·         Instituto Iberoamericano de Derecho Comparado. El Tratado de Versalles de 1919 y sus antecedentes. Madrid-1920.
·         Sociedad de Naciones. Pacto de la Sociedad de Naciones, Versalles 28 de junio de 1919.




[1] Aliados, compuesto por Francia, África Occidental Francesa, Marruecos Francés, Reino Unido, Australia Canadá, India Británica, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Terranova, Imperio Ruso, Reino de Italia, Libia Italiana, Estados Unidos, Bélgica, Imperio del Japón, Grecia, Reino de Montenegro, Rumania, Reino de Serbia, República Portuguesa, entre otros.
[2] Potencias Centrales, compuesto por Imperio Austrohúngaro, Imperio Alemán, Imperio Colonial Alemán,  Imperio Otomano, Reino de Bulgaria, entre otros.
[3] La I Guerra Mundial oficialmente tiene su inicio el 28 de julio de 1914, con el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria y tiene su fin técnico el 11 de noviembre de 1918.

El Reparto Colonial de las Potencias Vencedoras de la “Gran Guerra” en el Medio Oriente: El Acuerdo Sykes-Picot (1916)

MSc Francisco Fraíz

Francia y Gran Bretaña, como potencias vencedoras de la I Guerra Mundial en 1918, protagonizaron disputas y conquistas en zonas fuera del continente europeo que les permitieron adueñarse de territorios en el occidente de Asia, concretamente la zona conocida el día de hoy como el “Medio Oriente” mediante un pacto firmado en 1916 entre representantes de los gobiernos de ambos países que redibujaron las fronteras de acuerdo a sus intereses geopolíticos en aquel momento, siendo Rusia testigo de la firma de un documento célebremente conocido como el Acuerdo Sykes-Picot[1]. En un momento en el que aún no se sabía el destino de las potencias contendientes en ese conflicto en la frontera de Alemania con Bélgica y Francia, atascados en largas batallas de trincheras y a pesar de no conocer el resultado definitivo de la conflagración, no impidió que Francia y Gran Bretaña expandieran su protagonismo en calidad de metrópoli en lo que proyectaron como sus zonas de influencia en los territorios que se encontraban ligados por lazos formales con el imperio turco-otomano.

Depectivamente denominado como “el hombre enfermo de Europa” por las potencias occidentales, el imperio otomano, en franca desventaja frente a la vertiginosa industrialización de los países poderosos de Europa, se mostraba en una situación de minusvalía geopolítica y militar para afrontar el reto que representaba la penetración de Francia y Gran Bretaña con el fin desmembrar los territorios que otrora formaron parte de su órbita de influencia y autoridad. Los fines militares de la alianza de Francia y Gran Bretaña, conocida como la entente, estaban decididas a extinguir el imperio otomano para controlar los recursos naturales y las rutas marítimas y terrestres que forman parte de naciones como Siria, Egipto, Irak, Líbano, Palestina e Israel, territorios que cuentan con abundantes reservas de petróleo y gas, pero que también son críticamente claves como rutas de paso comercial entre África, Asia y Europa en el espacio terrestre, así como con la costa oriental del mar Mediterráneo, el mar Rojo y cerca del océano Índico a través del paso del canal de Suez, que permite el rápido acceso del mar Rojo al Mediterráneo, previo paso a través del océano Índico por medio del estrecho de Adén en el extremo occidental de la península Arábiga, pasando cerca del extremo oriental del “cuerno” de África.

El imperio británico, en procura de conseguir una mayor conexión terrestre entre sus dos grandes posesiones coloniales como India y Egipto, le resultaba fundamental controlar territorios en el mundo árabe, lugar de paso fundamental de rutas comerciales que pertenecían en el contexto de la I guerra mundial al imperio turco-otomano, aliado de Alemania y los imperios centrales europeos, fundamentalmente el austro-húngaro. Con el fin de formar alianza con los líderes árabes, apoyaron sus aspiraciones de independizarse de los turcos, razón por la que Henry McMahon sostuvo un intercambio de correspondencia con el Jerife Hussein de la Meca para atacar militarmente a las fuerzas otomanas[2]. Esto ocurrió a partir de 1915 y continuó en 1916, cobrando protagonismo posteriormente el agente de inteligencia y oficial del ejército británico Thomas Edward Lawrence, que saltó posteriormente a la fama como Lawrence de Arabia, quien fungió como intermediario entre el ejército británico y las fuerzas árabes. El turbulento legado de la presencia de Lawrence, lo resume en su célebre obra “Los siete pilares de la sabiduría”, en la cual comentó sobre los árabes que:

“Eran muchachos simpáticos llenos de vitalidad y felicidad, contentos con hacer también felices a las mujeres y niños nativos con los que se encontraban, regalándoles cosas´, y más adelante Lawrence añadía, amargamente, que aquellos soldados caminaban hacia su muerte `no para ganar la guerra, sino para que el maíz, el arroz y el petróleo de Mesopotamia puedan ser nuestros´”[3].

Iniciadas más adelante distintas operaciones de inteligencia y sabotaje, árabes e ingleses cortaron rutas de comunicación de ferrocarriles que transportaban vituallas y armas que debilitaron paulatinamente los suministros del ejército turco. Adicionalmente, la corona británica estaba al corriente de que en varias zonas del mundo árabe se conocía la existencia de yacimientos de petróleo, que comenzaba a convertirse en el recurso más importante del mundo para movilizar los principales medios de transporte, que incluye los distintos tipos de vehículos militares por tierra, mar y aire.

De esta manera, en un frente fuera del continente europeo, Francia y Gran Bretaña vieron la oportunidad de conquistar territorios que expandirían sus posesiones coloniales, aprovechando la debilidad militar del imperio turco-otomano para hacerse con el control de territorios en el “levante asiático”. Quedaba entonces buscar una fórmula para repartir el área de influencia de cada potencia, y fue así que en el mes de mayo de 1916 surgió el denominado Acuerdo Sykes Picot, que repartió la zona de influencia de Francia y Gran Bretaña de la siguiente manera: bajo control francés quedarían los territorios en los que actualmente se encuentran Líbano, Siria y la zona norte de la actual Irak, en la que se encuentra la ciudad de Mosul; mientras que bajo control británico quedaría el actual reino hachemita de Jordania, el centro y sur de Irak y Palestina. El control de estas zonas permitió a ambas potencias el acceso a la explotación de petróleo en Irak y por su cercanía con la península arábiga, en la que se venía descubriendo importantes yacimientos petrolíferos en el actual reino de Arabia Saudita, también les permitiría controlar la costa oriental del mar Mediterráneo y así evitar cualquier ataque al canal de Suez egipcio que, por su proximidad como punto de paso entre el mar Rojo y el mar Mediterráneo, que también conecta a través del estrecho de Adén con el océano Índico, con lo cual completaba el círculo marítimo del comercio internacional que tanto ambicionaba la corona británica.

Para alcanzar este ambicioso objetivo, las fuerzas británicas y francesas, sobre todo las británicas, buscaron aliarse con los árabes, fomentando y aprovechando sus aspiraciones separatistas del imperio otomano, para conseguir como objetivo central su independencia. Evidentemente, ni franceses ni británicos tenían en mente este objetivo, por ello firmaron el Acuerdo Sykes-Picot en secreto, siendo hecho público en 1917 tras el triunfo de la revolución rusa en octubre de ese año.
Tras conocerse el contenido de este acuerdo, lógicamente no pasó desapercibido, razón por la cual provocó molestia e incomodidad de los árabes, quienes vieron defraudadas sus aspiraciones nacionalistas e independentistas de crear un Estado árabe fuerte y unido que reflejara sus más sentidos anhelos. Tras culminar la guerra, el resultado posterior fue la colonización e influencia directa de estas potencias en las fronteras trazadas en el Acuerdo Sykes Picot, bien fuera mediante la administración directa de Francia y Gran Bretaña como metrópolis colonizadoras, o bien bajo la figura de “mandato” refrendado por la Sociedad de Naciones, primera gran institución internacional surgida con el objetivo de mantener la paz mundial tras finalizar la I Guerra Mundial y evitar que otra conflagración de esa naturaleza se produjera nuevamente.

Más adelante, la herencia de la presencia franco-británica durante tres décadas, fue la de disgregar las aspiraciones árabes en distintos Estados divididos y enfrentados entre sí, con fronteras artificialmente trazadas que generaron conflictos de larga duración entre los Estados árabes entre sí, y entre ellos y el Estado de Israel, que se erigió como la manzana de la discordia geopolítica en el mundo árabe, tras ver traicionadas las promesas de Francia y Gran Bretaña como aliados circunstanciales durante la I Guerra Mundial que, hasta el día de hoy, constituye, quizá, la consecuencia más duradera y de mayor impacto de esta conflagración fuera del continente europeo. Thomas Edward Lawrence, concluía en “Los siete pilares de sabiduría” sobre la trama de la guerra en esta parte del mundo que:

“Está hecha con la intención de que constituya la verdadera historia de un movimiento político cuya esencia fue el fraude, en el sentido de que sus dirigentes no creían en los argumentos con los que movían las tropas…` Y hablando con un amigo, declaró: Detesto tanto el asunto de Arabia que daría el mundo entero (si fuese mío) por borrar su recuerdo´”[4].

Para concluir, fuera de las trincheras de Europa, las consecuencias de la I Guerra Mundial aún hoy día se pueden palpar por el arbitrario trazado de fronteras en el mundo árabe, que obedeció a intereses geopolíticos, comerciales y estratégicos mediante el establecimiento de alianzas públicas y secretas que complacieron los intereses de las potencias vencedoras, de unos nuevos actores que entraron en escena, concretamente los judíos sionistas, cuyas aspiraciones fueron tomadas en cuenta a partir de 1917 tras conocerse la célebre “Declaración Balfour”[5] que derivó en la creación del Estado de Israel en mayo de 1948 y la traición de las promesas hechas a los árabes, quienes fueron de una manera u otra las víctimas de la trama de los intereses y compromisos asumidos por las potencias vencedoras y derrotadas en las inestables alianzas durante la I Guerra Mundial.

FUENTES

·                    Alem, Jean Pierre. Judíos y árabes (3000 años de historia). Ediciones Península, Barcelona, 1970.
·                    Cattan, Henry. El problema palestino en pocas palabras. Editorial Fundamentos. Madrid. 1978.
·                    Cattan, Henry. Palestina, los árabes e Israel. Siglo XXI Editores. México. 1974 (segunda edición).
·                    Laqueur, Walter. The Israel-Arab reader. A documentary history of the Middle East conflict. Penguin Books. Middlesex, England. 1970.
·                    Martínez Carreras, José U. El mundo árabe e Israel. El próximo oriente en el siglo XX. Ediciones Istmo. Madrid. 2ª edición. 1992.
·                    Martínez Carreras, José U. Los orígenes del problema de Palestina. Arco/Libros, S.L. Madrid. 1996.
·                    Naciones Unidas. Los orígenes y evolución del problema de Palestina. Primera parte: 1917-1947. Preparado por el Comité para el ejercicio de los derechos inalienables del pueblo palestino. Nueva York, 1978.
·                    Palestinian Academic Society for the Study of International Affairs (PASSIA). Sykes-Picot Agreement, 1916. http://www.passia.org/palestine_facts/MAPS/1916-sykes-picot-agreement.html (revisado el 21-5-2013).
·                    Simpson, Colin y Knightley, Phillip. La vida secreta de Lawrence de Arabia. Editorial Bruguera. Barcelona. 1975.
·                    Strausz-Hupé, Robert. Geopolítica. La lucha por el espacio y el poder. Editorial Hermes. México. 1945.




[1] Walter Laqueur (compilador). The Israel-Arab reader. A documentary history of the Middle East conflict. Penguin Books. Middlesex, England. 1970. The Sykes-Picot Agreement. pp. 29-33. En esta compilación documental se encuentra el texto completo del documento en las páginas indicadas. En el mapa anexo se puede apreciar claramente los territorios bajo control directo de cada potencia, así como las zonas de influencia.
[2] En 1937, varios años después de intercambiada la correspondencia entre Sir Henry McMahon y el Jerife Hussein de la Meca, el primero dirigió una carta al periódico “Times” de Londres el 23 de Julio, en la que quizo aclarar su interpretación de la correspondencia, tras las controversias surgidas a raíz del mandato británico en Palestina, cuando los intereses de británicos, judíos sionistas y nacionalistas árabes chocaron por controlar el futuro de Palestina: “Es mi deber, de una vez para siempre, declarar de la manera más formal y solemne que no tuve la intención de incluir a Palestina en la zona de independencia árabe cuando di garantías al rey Hussein”. Jean Pierre Alem. Judíos y árabes (3000 años de historia). Ediciones Península, Barcelona, 1970, p. 100. El texto de la correspondencia Hussein McMahon de octubre de 1915 se encuentra en la compilación referida en la nota anterior de Walter Laqueur en las páginas 33, 34 y 35.
[3] Robert Payne. Lawrence de Arabia. Editorial Bruguera, Barcelona, 1968. p. 76.
[4] Colin Simpson y Phillip Knightley. La vida secreta de Lawrence de Arabia. Editorial Bruguera. Barcelona, 1975, p. 267.
[5] El texto de la “Declaración Balfour”, que en esencia mostró la simpatía del gobierno británico en la creación de un Estado judío en Palestina, emitida en Noviembre de 1917, puede encontrarse en la obra de: José Martínez Carreras. Los orígenes del problema de Palestina. Arco/Libros, S.L. Madrid. 1996. p. 51.

Los nacionalismos serbio y croata como elementos fundamentales para el estallido de la Primera Guerra Mundial

M/Sc Oliver Zambrano Alemán

El territorio balcánico fue poblado desde la antigüedad, e históricamente se ha reconocido a los Ilirios como los habitantes originales de la región, que con el paso del tiempo, vio la llegada de distintos pueblos Indoeuropeos y de potencias como romanos, griegos, bizantinos, otomanos, rusos, venecianos, franceses, austríacos y húngaros, quienes se fueron turnando para ejercer el control de la zona, variando la cantidad de territorios en la medida en que su poderío militar se incrementaba o menguaba.

La división del imperio romano en el 395 marcó la pauta en su devenir, pues los Balcanes pasaron a ser el punto fronterizo entre los dominios de Roma y los de Bizancio, dando pie al fortalecimiento de algunos pueblos como los croatas y los serbios, quienes durante la Edad Media fueron asentándose sin mayores problemas, siendo el hito más emblemático el Reino de Serbia, que data del siglo X e incluía partes de Bosnia y el norte de Macedonia.

A partir del siglo XIV los otomanos fueron consolidándose en los Balcanes, la batalla de Kosovo Polje (1389) y la posterior caída de Constantinopla (1453) fueron dos acontecimientos que cambiaron el balance de poder, la superioridad militar de los ejércitos del Sultán modificó las relaciones políticas, comerciales, religiosas y sociales, acabando definitivamente con los bizantinos y dejando a húngaros y serbios en un segundo plano, lo que abrió las puertas a la injerencia rusa so pretexto de resguardar a la población cristiana ortodoxa de los Balcanes.

Lucha dinástica y nacionalismo serbio
A lo largo del siglo XIX, las dinastías Obrenović y Karađorđević se disputaron la supremacía en Serbia, y aunque ambas casas reales coincidían en sus intenciones de luchar contra la dominación otomana y en las añoranzas por el reino medieval serbio, diferían en la forma de llegar a ello, pues mientras los primeros daban prioridad a las relaciones con Austria y Hungría, los últimos preferían la autonomía total o, en su defecto, la tutoría rusa.

En 1844, gobernaban los Karađorđević y fue cuando Ilija Garašanin,[1] quien para entonces fungía como Ministro del Interior, publicó Nacertanije, un texto que puede ser considerado como el primer programa político y nacionalista panserbio de la historia, pues en él, plantea la necesidad de un estado serbio independiente y sólido, que se expandiese hacia todos aquellos territorios donde habitasen los serbios con el propósito de abarcarlos a todos dentro de la misma entidad. La visión de Garašanin implicaba dominar los actuales territorios de Croacia, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, el norte de Albania, y conquistar Kosovo y Voivodina, que por aquel entonces pertenecían al imperio otomano y a Hungría respectivamente.

Todo esto se explicaba de la siguiente manera: en el caso de Croacia porque Garašanin, al igual que muchos otros en su época, consideraba a los croatas como serbios católicos, mientras que Bosnia y Herzegovina era un territorio habitado por serbios y croatas, cuya única diferencia era la religión (cristianos ortodoxos, católicos o musulmanes).[2] En lo que respecta a Macedonia y Voivodina, eran reivindicaciones territoriales hechas por Belgrado, que consideraba estos espacios como zonas de expansión natural y que desde hacía bastante tiempo se disputaban con los búlgaros y los húngaros. Finalmente los casos de Kosovo y el norte de Albania representaban un punto de honor para  la dirigencia serbia, pues en el primero de estos territorios surgió la nación, mientras que el último constituye la necesaria salida al mar que se requería si no se conquistaba Croacia.

Desde el punto de vista internacional, la expansión del Estado serbio pretendía acabar con la dominación imperial en los Balcanes, pues además de deshacerse del gobierno otomano, quería evitarse la injerencia austríaca, húngara o el protectorado ruso, dejando en manos de Belgrado cualquier asunto del centro y el occidente balcánico.

Las ideas de Garašanin fueron tomando cuerpo en 1903, dos décadas después de su muerte, ocurrida en 1874, cuando un grupo de militares nacionalistas dieron un golpe de estado asesinando al Rey Alejandro Obrenović y a su esposa Draga, generando un vacío que aprovechó el parlamento para nombrar como sucesor a  Pedro Karađorđević. Bajo su mandato, los grupos nacionalistas más radicales encontraron asidero para enfrentarse al dominio imperial, tomando las armas durante cuatro momentos claves  previo al inicio de la Primera Guerra Mundial, a saber: a) la crisis de Bosnia (1908-1909), cuando lucharon contra la anexión austrohúngara de Bosnia; b) la primera guerra balcánica (1912-1913), donde eran parte de la Liga Balcánica que se enfrentó y venció al imperio otomano; c) la segunda guerra balcánica (1913), en la que con el apoyo de la Liga Balcánica y el imperio otomano vencieron a Bulgaria y; d) el asesinato de Francisco Fernando (1914), durante una visita oficial a Sarajevo el heredero de la corona austrohúngara y su esposa, la Duquesa Sofía, fueron asesinados por nacionalistas panserbios, siendo este el detonante de la Guerra Mundial.

Las élites culturales y el nacionalismo croata
En el caso croata, la década de los cuarenta del siglo XIX trajo consigo las ansias de unificación. Movimientos culturales en Zagreb, Varaždin y Karlovac, utilizaron las salas de lectura, la revista Matica Ilirska[3] e instituciones como el teatro, las academias, los museos y los archivos para difundir ideas en torno a la  necesidad de integrar a toda la nación y consolidarla por medio de símbolos patrios, bailes, artes, política, un idioma estandarizado y otros tantos elementos. Las ideas fueron calando poco a poco en la población, sobre todo cuando  no lograron ponerse de acuerdo con los magiares con respecto a los derechos nacionales dentro del imperio austríaco, generándose una guerra propagandística que trajo como consecuencia fuertes sentimientos anti húngaros.

Durante la época de las revoluciones, los croatas apoyaron a la corona austríaca para derrotar el alzamiento húngaro, pero tras no cumplirse las promesas de la dirigencia vienesa con respecto al estatus croata dentro del imperio el descontento de los eslavos se hizo notar y durante las décadas posteriores hombres como Ante Starčević,[4] Josip Jelačić,[5] Ljudevit Gaj[6] y Josip Juraj Strossmayer[7] fortalecieron la idea independentista y, en el caso del obispo, la unión entre los eslavos del sur (búlgaros, serbios, croatas y eslovenos).

Durante la segunda mitad del siglo XIX la élite croata se convencía cada vez más que el rumbo de la nación distaba de Viena o Budapest, por ende, se hacía fundamental la independencia o, en su defecto, la unión con los eslavos del sur, quienes en teoría tenían los mismos intereses. Previo a la creación de la monarquía dual conocida como el imperio austrohúngaro (1867) el Ban[8] Josip Jelačić logró unificar todos los territorios croatas, pero con el reconocimiento de Hungría como una entidad autónoma del imperio, los croatas fueron separados nuevamente entre las dos unidades administrativas, Dalmacia e Istria bajo dominio austríaco, mientras que Zagorje y Eslavonia rendían cuenta a los húngaros.

Durante las últimas dos décadas del siglo XIX, los croatas fueron sometidos a un proceso de magiarización bastante agresivo, reforzando las posturas antagónicas entre ambas naciones, dándole piso político a Stjepan Radić,[9] quien desde entonces se hizo visible y poco a poco fue tomando el testigo de sus antecesores enarbolando la bandera del nacionalismo croata con un fuerte énfasis en la reivindicación de las tierras, lo que le valió el apoyo de la población en una época en la que más del 70% vivía de la agricultura.

Ya en el siglo XX, los croatas mantuvieron sus exigencias en pro de la igualdad nacional y si bien no participaron de las guerras balcánicas, durante el lustro que inicia con la Crisis de Bosnia (1908 – 1913), las acciones anti húngaras se radicalizaron (protestas contra las autoridades de Budapest, exigiendo mayor autonomía política y económica para los croatas, quema de banderas magiares, entre otras), debilitando políticamente la autoridad imperial dentro de sus propios límites. Todo esto permitió que, una vez derrotado el imperio se diese la creación del Reino de los serbios croatas y eslovenos (1 de diciembre de 1918), materializando una de las ideas más discutidas por la población eslava durante la segunda mitad del siglo XIX.











FUENTES
·         Gueshoff, I. E. The Balkan League. London 1915
·         Manetovic, Edislav “Ilija Garasanin: Nacertanije and Nationalism” en The Historical Review / La Revue Historique Institute for Neohellenic Research Volume III (2006), pp 137 – 173.
·         Mijatovich, Chedoville. A Royal Tragedy, DDOD Mead & Co, New York, 1907.
·         Rose, John Holland, The origins of the war, 1871-1914. New York, London, G. P. Putnam's sons, 1915.
·         Treaty between Great Britain, Germany, Austria, France, Italy, Russia, and Turkey for the Settlement of Affairs in the East: Signed at Berlin, July 13, 1878.



[1] Político y militar (1822-1874) considerado el mayor ideólogo del nacionalismo panserbio.
[2] La nacionalidad bosníaca fue reconocida durante la dictadura del Mariscal Tito en la segunda mitad del siglo XX.
[3] Creada en 1862 con ese nombre, en 1874 pasó a llamarse Matica Hrvatska y es hoy en día la revista más longeva en los Balcanes.
[4] Político y escritor (1823 – 1896) que planteó los ideales para una Croacia independiente.
[5] Político y militar (1801 – 1859) que logró la unificación de los territorios croatas.
[6] Político, escritor, lingüista y periodista (1809-1872) que reivindicó la lengua croata como base nacional.
[7] Obispo (1815 – 1905) impulsor de las ideas yugoslavas y fundador de la Universidad de Zagreb.
[8] Título nobiliario (virrey) que se utilizó en los Balcanes hasta el fin de la primera guerra mundial.
[9] Político (1871 – 1928) fundador del Partido de los Campesinos Croatas.

lunes, 28 de julio de 2014

LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL EN EL ASIA - PACÍFICO


Lic. José Gregorio Maita Ruiz

Asia en 1914
En lo que se refiere a la Primera Guerra Mundial, manejamos una óptica centrada en Europa. Para el gran público en general, son casi desconocidas las luchas en otros frentes, cómo África, el Medio Oriente o el Asia - Pacífico, así como la participación de otros países, tales como Japón, Siam o Brasil. En 1914, no sólo Asia, sino el mundo entero ya habían sido completamente colonizados por las grandes potencias imperialistas o estaba ocupado por Estados modernos.

En Asia sólo existían como Estado independientes China, Japón, Persia, Siam, Turquía y Afganistán, mientras el resto de los pueblos asiáticos permanecía en situación de colonias, protectorados o provincias de Rusia, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Países Bajos, Estados Unidos, Portugal, o los mismos Japón y Turquía. Para complicar aún más las cosas, en este continente no existía un equilibrio real de potencias producto de una conferencia internacional, como la Conferencia de Berlín de 1884-1885 para África. Además, aquí dos nuevas potencias extra europeas, Estados Unidos y Japón, tenían una presencia cada vez más marcada y no estaban para nada de acuerdo con las reglas del juego geopolítico impuestas por las potencias más antiguas, tal y como demostraron la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 y la Ruso-Japonesa de 1904-1905. Como último ingrediente en esta fórmula debemos agregar la inexacta repartición imperialista de China y el creciente nacionalismo del pueblo chino como respuesta. Resulta bastante preciso afirmar que en 1914, la región del Asia-Pacífico era un polvorín que podía estallar de un momento a otro.

El sistema de alianzas europeo también tenía sus efectos en Asia Oriental, pues desde 1902 Gran Bretaña se había aliado con Japón contra Rusia, alianza que fue renovada y ampliada tras la victoria japonesa sobre los rusos en 1905, y renovada en 1911. Por su parte, Francia y Rusia se mantenían aliadas desde finales del siglo XIX, y a su vez Gran Bretaña y Francia habían llegado a la “Entente Cordial” para 1914, por lo que en víspera de la guerra las tres grandes potencias formaban la Triple Entente. Alemania por su parte, tenía una pequeña pero estratégica presencia en el Asia-Pacífico, consistente en el territorio arrendado de Jiaozhou (provincia de Shandong), las Islas Marianas, Islas Carolinas, Palau, Nauru y la Nueva Guinea Alemana. Este heterogéneo conjunto territorial era difícil de defender, pero una excelente base para interferir en el comercio enemigo si se disponía de una flota adecuada. Aunque la alianza anglo-japonesa fue pensada en función anti rusa, para 1914 el principal enemigo contra la que podía estar dirigida era claramente Alemania.

Japón entra en la guerra
El 4 de agosto de 1914 el Reino Unido declaró la guerra Alemania por la entrada de tropas alemanas en territorio belga. Los británicos no tardaron en solicitar ayuda a su aliado japonés para neutralizar la amenaza que podía representar el Escuadrón del Lejano Oriente de la Marina Imperial Alemana, basado en Qingdao, Jiaozhou. Aunque no está claro si Gran Bretaña le solicitó directamente a Japón la entrada en la guerra, o fue una “generosa y solidaria” iniciativa japonesa, lo cierto es que el 15 de agosto Japón dirigió un ultimátum a Alemania exigiéndole el desarme total en la región y la entrega del territorio arrendado de Jiaozhou en China. Ante la previsible negativa, el Imperio del Sol Naciente declaró la guerra al Imperio de la Cruz de Hierro el 23 de ese mismo mes. La guerra había llegado al otro lado del mundo, con la intervención de la primera potencia no europea.

La guerra en el Asia-Pacífico fue breve, pero trastocaría el equilibro regional de fuerzas de forma total. El 27 de agosto se inició el bloqueo naval japonés sobre Qingdao, desembarcando el 2 de septiembre unos 20.000 hombres, apoyados por varios acorazados, cruceros, destructores y un portaaeronaves, siendo la primera acción aeronaval de la historia. El 14 de septiembre se movilizó la Armada Imperial Japonesa hacia el sur para capturar las Islas Marianas, Carolinas y Palau. Los australianos y neozelandeses se encargarían de Nauru y la Nueva Guinea Alemana. Para el 6 de octubre Japón, Australia y Nueva Zelanda habían completado la ocupación de las posesiones alemanas en el Pacífico, y para el 7 de noviembre, los japoneses y un pequeño refuerzo británico de 2500 hombres entraban en Qingdao. La guerra en el Lejano Oriente y el Pacífico terminaba, dejando fuera del mapa regional a Alemania, y engrandeciendo súbitamente a Japón, para no poca preocupación de Estados Unidos y de sus propios aliados británicos.

El 15 de enero de 1915 Japón extendió a China las “Veintiuna Demandas”, un pliego de exigencias que prácticamente convertían a ese país en un protectorado nipón. Japón le exigía a China, entre otras cosas, la cesión del arrendamiento alemán en Jiaozhou con todos los beneficios adicionales, derechos y atribuciones de policía a fuerzas japonesas, y más derechos económicos especiales. Las potencias europeas no pudieron reaccionar debido a la carnicería que ocurría en el viejo continente, y Estados Unidos no tuvo la influencia necesaria para contener a Japón, aunque al final Tokio se vio obligado a moderar sus exigencias. A fin de garantizar la futura anexión de las islas capturadas a los alemanes, Japón firma una serie de acuerdos secretos con Gran Bretaña, Francia y Rusia, que además sella con el envío en marzo de 1917 de una fuerza naval al Mediterráneo para ayudar en la guerra anti submarina contra Alemania y Austria-Hungría, eso tras negarse rotundamente al envío de tropas a los frentes de Europa.

En 1917 llegaron nuevos acontecimientos que complicaron más la situación en Asia Oriental y el Pacífico. En primer lugar el descubrimiento del Telegrama Zimmerman por parte de la inteligencia británica y su compartimiento con Estados Unidos, que provocó la entrada de este último país en la guerra. En dicho telegrama, enviado el 16 de enero de 1917 por el Secretario de Asuntos Exteriores del Imperio Alemán, Arthur Zimmermann al embajador alemán en México, Heinrich von Eckardt, se instruía a este último para que convenciera al presidente mexicano, Venustiano Carranza, de entrar en la guerra del lado de Alemania si Estados Unidos lo hacía del lado de Gran Bretaña; ofreciéndole a México asistencia militar, ayuda financiera y la promesa de recuperar Texas, Arizona y Nuevo México. Pero además, Alemania se proponía que México atrajera a su bando a Japón, para realizar un ataque conjunto sobre Estados Unidos. Este telegrama causó más recelos en Estados Unidos hacia Japón, y que el gobierno norteamericano aumentara su respaldo al nacionalismo chino contra la penetración nipona. Si bien, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania y Austria-Hungría el 6 de abril de ese año, convirtiéndose por tanto en aliado circunstancial de Japón, la tensión no disminuyó sino hasta el acuerdo Lansing-Ishii el 2 de noviembre, cuando Japón reconoció la política de “Puertas Abiertas” de Estados Unidos hacia China, y Estados Unidos reconoció los “Intereses Especiales” de Japón en ese país. En realidad se trató de un acuerdo vacío y carente de toda posible aplicación, ya que ambos enfoques eran diametralmente opuestos. Japón no podía reconocer una política de puertas abiertas e igualdad de oportunidades de comercio para todas las potencias en China sin sacrificar sus intereses especiales, ni Estados Unidos podía reconocer los intereses japoneses sin sacrificar los propios. Ambas potencias solo ganaban tiempo. Es necesario explicar que en agosto de ese año también China, por recomendación de Estados Unidos, declaró la guerra a Alemania y Austria-Hungría, aunque no tomó más acción que enviar a miles de trabajadores chinos al frente occidental en Francia. En realidad china actuó con la intención de tener presencia en la venidera conferencia de paz y, con el apoyo de Estados Unidos, reclamar la devolución del territorio arrendado a Alemania y ocupado por Japón.

La llegada de la Revolución Rusa y la salida de Rusia de la guerra a comienzos de 1918 trajeron otros efectos colaterales en Asia. Dicha situación de dejaba a cientos de miles de soldados alemanes libres para trasladarse al frente occidental y arrollar a las fuerzas británicas y francesas antes de que los fuerza estadounidenses estuvieran listos y se desplegaran. Además de eso, dentro del territorio ruso había quedado varada la llamada “Legión Checoslovaca”, una fuerza militar compuesta por voluntarios de esa nacionalidad que habían desertado del imperio austrohúngaro, y que no podrían ser evacuados por Europa oriental. Además era preciso evitar que todo el armamento enviado por Occidente, y que se había acumulado en puertos como Arcángel, Múrmansk y Vladivostok no cayeran en manos de los bolcheviques cuando ya se estaban disparando los primeros tiros de la guerra civil rusa. Ante tal situación, y tras meses de negociación, Francia y Gran Bretaña convencen al presidente norteamericano Woodrow Wilson para que acepte participar en una fuerza multinacional junto con Japón, Francia, Gran Bretaña, Italia y Canadá, que desembarcase en Vladivostok, asegurase la ciudad y el armamento almacenado y permitiese la evacuación de la Legión Checoslovaca. Estados Unidos y Japón debían liderar tal fuerza con 7000 soldados cada país. El 11 de agosto de 1918 se procedió al desembarco, pero Japón envió 70.000 hombres en vez de los 7000 pactados, y Estados Unidos no reconoció a Japón el mando de la operación, tal como se había acordado. Además de eso, Japón movilizó más fuerzas dentro de China, y sus soldados habían llegado hasta el lago Baikal, para finales de noviembre. Japón había actuado nuevamente según sus propios intereses, y había sorprendido a las potencias occidentales, demasiado ocupadas en terminar la guerra contra Alemania. Más que combatir a los bolcheviques, a los que Japón también consideraba una amenaza, Tokio buscaba crear un estado satélite entre el Pacífico y el lago Baikal, espacio que buscaba dominar desde la guerra con Rusia de 1904-1905.

El ajuste al tablero en Asia tras la guerra
Para cuando comenzó la conferencia de paz en Versalles, a inicios de 1919, la tensión entre Japón y las potencias anglosajonas era bastante alta. La conferencia se basaría en los Catorce Puntos de Woodrow Wilson de 1918 bajo los cuales Alemania había firmado el armisticio del 11 de noviembre de 1918, además del proyecto de la Sociedad de Naciones presentado por Wilson y respaldado por los británicos; pero Japón, al ser la única potencia no occidental, no cristiana y no blanca, desconfiaba profundamente de un organismo internacional que dominarían las potencias occidentales. Es por eso que Japón propuso que la Sociedad de Naciones garantizara la igualdad racial, y aunque la idea ganó el apoyo de Francia, Italia, varias potencias menores y países con menos influencia, además de China, que asistía a Versalles como protegida de Estados Unidos; la firme oposición de Estados Unidos, Australia y Gran Bretaña dio al traste con la propuesta. Sin embargo, Japón lograría que le reconocieran bajo la figura de Mandato de la SDN su ocupación de las Islas Marianas, las Islas Carolinas y Palau; además de un puesto permanente en el Consejo de la SDN y la no resolución de la disputa por Jiaozhou con China, por lo que su ocupación del mismo continuaría.

Ante tal indiferencia hacia sus derechos, los delegados chinos abandonaron Versalles sin firmar el tratado, a la par que estalló una multitudinaria manifestación nacionalista en Pekín el 4 de mayo de 1919, que marcaría el inicio de las actividades armadas del Kuomintang, y a la postre, del Partido Comunista Chino. En 1921 Estados Unidos pudo convocar la reunión en Washington de una conferencia para limitar el armamento naval, donde además consiguió que Gran Bretaña pusiera fin a su alianza con Japón. Al final, Estados Unidos consiguió mediante el Tratado de las Cuatro Potencias (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Japón) estabilizar la situación en el Pacífico pero sin alianzas bilaterales, mediante el Acuerdo de las Cinco Potencias (las anteriores más Italia) limitar el armamento naval en proporción 5-5-3-1,5-1,5 para Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Francia e Italia, y mediante el Tratado de las Nueve Potencias (las cinco anteriores más Bélgica, Holanda Portugal y China, la imposición de su política de “Puertas Abiertas” en China, conteniendo efectivamente la expansión económica y militar de Japón.

La Primera Guerra Mundial originó una súbita expansión del imperio japonés, la reacción radical del nacionalismo en China, una guerra de cuatro años de los bolcheviques contra la intervención nipona en el Lejano Oriente ruso, la ruptura de la alianza anglo-japonesa y el inicio de una enemistad cada vez más marcada entre Estados Unidos y Japón. El camino a Pearl Harbor en 1941, comenzó en Versalles en 1919 y se decidió en Washington en 1922.


FUENTES
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